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¡Debatir para descalificar!

  • Aug 6, 2008
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El debate que nunca existiò

Rafael Rattia

 

Una revolución auténtica, genuina, con r mayúscula; esto es, una verdadera revolución, sin comillas que pongan en entredicho su naturaleza històrico-polìtica de gran mutación civilizatoria no sólo no le teme al debate sino que lo promueve y auspicia como componente intrínseco de su naturaleza y esencia transformadora y proclive al cambio necesario e inexorable propio de los tiempos vertiginosos que vivimos en este orbe signado por lo efímero y transitorio.

La bolivariana, ¿qué duda cabe ya, luego de una década de fiascos y fracasos estruendosos?, es una “revolución” que apela al recurso retórico de la libertad para cercenar justamente la mayor de todas la libertades; la libertad de pensamiento, por tanto se trata de un ensayo trunco de instauración de un régimen liberticida. No se necesita prueba alguna, evidencia de ninguna índole, para convencerse del carácter fascista y neototalitario de ese esperpento seudoideològico harto conocido con el infame remoquete de “chavismo bolivariano”. La síntesis política-institucional del mismo està representada en lo que la tradición histórica conoce como “el Estado contra la sociedad”.

Lo que queda de esa figura borrosa en el horizonte político venezolano que conocíamos con el nombre de “ciudadanía democrática” ha venido siendo absorbida por un aberrante unipartidismo estatocràtico que alimenta excesivamente al Gran Moloch supeditado y arrodillado a los devaneos caprichosos del bufón arlequinesco que maneja el timón de la “navis stultìsfera” en que ha convertido a este remedo de país que aun denominamos Venezuela.

Lo que se conoce como debate y discusión político-ideológica, como confrontación sana y franca (recíprocamente respetuosa) de distintas perspectivas analíticas conceptuales, de acuerdo con experiencias ricas y aleccionadoras suscitadas en otras latitudes del planeta que han acometido ensayos revolucionarios, en Venezuela, por el contrario, en la línea de la màs abyecta antípoda, se ha instituido una subcultura del denuesto, el dicterio y el anatema contra cualquier persona que osa disentir  de la logocracia unipersonal del Estado fascio-totalitario.

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¡Debatir para descalificar!

  • Aug 6, 2008
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El debate que nunca existiò

Rafael Rattia

 

Una revolución auténtica, genuina, con r mayúscula; esto es, una verdadera revolución, sin comillas que pongan en entredicho su naturaleza històrico-polìtica de gran mutación civilizatoria no sólo no le teme al debate sino que lo promueve y auspicia como componente intrínseco de su naturaleza y esencia transformadora y proclive al cambio necesario e inexorable propio de los tiempos vertiginosos que vivimos en este orbe signado por lo efímero y transitorio.

La bolivariana, ¿qué duda cabe ya, luego de una década de fiascos y fracasos estruendosos?, es una “revolución” que apela al recurso retórico de la libertad para cercenar justamente la mayor de todas la libertades; la libertad de pensamiento, por tanto se trata de un ensayo trunco de instauración de un régimen liberticida. No se necesita prueba alguna, evidencia de ninguna índole, para convencerse del carácter fascista y neototalitario de ese esperpento seudoideològico harto conocido con el infame remoquete de “chavismo bolivariano”. La síntesis política-institucional del mismo està representada en lo que la tradición histórica conoce como “el Estado contra la sociedad”.

Lo que queda de esa figura borrosa en el horizonte político venezolano que conocíamos con el nombre de “ciudadanía democrática” ha venido siendo absorbida por un aberrante unipartidismo estatocràtico que alimenta excesivamente al Gran Moloch supeditado y arrodillado a los devaneos caprichosos del bufón arlequinesco que maneja el timón de la “navis stultìsfera” en que ha convertido a este remedo de país que aun denominamos Venezuela.

Lo que se conoce como debate y discusión político-ideológica, como confrontación sana y franca (recíprocamente respetuosa) de distintas perspectivas analíticas conceptuales, de acuerdo con experiencias ricas y aleccionadoras suscitadas en otras latitudes del planeta que han acometido ensayos revolucionarios, en Venezuela, por el contrario, en la línea de la màs abyecta antípoda, se ha instituido una subcultura del denuesto, el dicterio y el anatema contra cualquier persona que osa disentir  de la logocracia unipersonal del Estado fascio-totalitario.

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Texto homenaje al poeta Eugenio Montejo

  • Jun 13, 2008
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Eugenio Montejo: la leve terredad del poema

 

Rafael Rattia

 

Nunca resultarà fàcil abordar la ponderaciòn de una vida y Obra poética que muchísimo antes de cruzar el frágil ítem que “separa” la existencia de la muerte ya ha alcanzado la trascendencia de su universalidad. Eugenio Montejo, (Caracas, 1938- Valencia-Venezuela, 2008) fue –acaso siempre será, per secula seculorum-  una voz que, por antonomasia, funda y refunda la inagotable tradición lírica hispanoamericana y extiende su irreductible vocación ecuménica hasta, y màs allá de, los confines planetarios de la lengua de Cervantes, Góngora, Quevedo, Borges y tantos fundadores de la patria sin frontera que es la lengua castellana.

Con apenas 69 años de intenso y hondo trasegar un singularísimo periplo vital el poeta edificó un corpus scriptum de indudable condición transgenèrica. Aunque, tambièn sin duda, su impoluta gesta creadora sobresalió con creces en el género poético; no por ello dejó de brillar, ex aequo, con sui generis hondura y fascinación en el campo de la ensayística e incluso alcanzó cotas, nada desdeñables, de respeto y admiración en el movedizo terreno de la crìtica y la traducción literaria.

Todo en su vida, desde su advenimiento al mundo hasta su lamentable partida suscitada la primera semana de Junio de este año, estuvo signada por huellas de perennidad. La vida del poeta estuvo inextricablemente fusionada a lo que con el tiempo devendría Obra literaria de impronta eterna. Puede decirse que toda su existencia estética estuvo influenciada por la figura del padre; un panadero de la Caracas de los años cuarenta del siglo XX que supo auspiciar desde la màs tierna infancia del bardo una sensibilidad permeable y susceptible a los influjos del arte de amasar el universo y sus infinitas imàgenes por la capacidad sensitiva del verbo creador del bardo.

La demiurgia empalabradora de Montejo es una réplica metafísica que tiene sus raíces primigenias en su hogar apacible que dècadas después denominó “El Taller Blanco”. No en vano el poeta titula uno de sus màs reconocidos y enjundiosos textos ensayísticos “El Taller Blanco”; inequívoco homenaje al autor de sus màs firmes influencias vitales. Una imagen insustituible de la labor taumatúrgica que encarna todo auténtico creador cuya mirada siempre estuvo colocada en ese tiempo indeterminado que llamamos futuro.   La palabra fundante del poeta dejó para la posteridad un testimonio de ineludible consulta sólo comparable a los aportes de Andrés Bello, Pérez Bonalde, Ramos Sucre y otros poquísimos aristócratas del espìritu que edificaron los fundamentos de “la casa del ser” de nuestra venezolanidad. Su cosmovisión literaria, su welstanchauung estètico-poética superó largamente los poderes hechizantes de la facticidad mundana de la vulgata terrenal humana y estableció, por medio del contrapoder del verbo imaginìstico, otro mundo (una terredad) màs humano y digno de ser vivido a plenitud.  

Cuando en 1958 el dictador Marcos Pérez Jiménez huye del país, el poeta Montejo apenas rozaba los 20 años y recién abría su mirada a la corriente universal de la cultura y se impregnaba de los símbolos eternos de los principales paradigmas civilizatorios del orbe terráqueo; China, India, Grecia, Indoamèrica, etc. Venezuela entonces comenzaba, a la sazón, a transitar un ciclo de cultura cívica y democrática y pugnaba por dejar atrás una prolongada noche dictatorial que se afanó con inigualable saña durante una década en conculcar las libertades fundamentales del hombre y del ciudadano; entre ellas la que màs desvelos causó al poeta: la libertad creadora y de expresión creativa, hoy seriamente amenazada por un neototalitarismo estatocràtico. La “leche negra” que refiere Paul Celan en su poema inmortal “Fuga de la muerte”.

Con la lucidez nada distante que caracterizó  a Fernando Pessoa, Montejo, su igual, se desdobló en no se sabe en cuántos heterónimos; Eduardo Polo, Blas Coll… fueron cara y sello de un mismo y distinto “alter ego” que supo resguardar la inveterada pulcritud de las forma expresivas al tiempo que forjó una Obra de poquísima similitud en nuestro orbe hispanohablante. El poeta siempre fue consciente de haber alcanzado el Absoluto; la revelación esencial mediante la escritura del poema. No obstante, supo con igual hidalguía mantener una humildad sólo comparable a la imperturbabilidad del mineral. Lidió a brazo partido con la insoportabilidad de la conciencia y su instantaneidad en la fugaz chispa del existir. Hizo suyo el credo ramosucreano de “vivir es morirse”. Cuando pudo lo escribió para que sus lectores, èl estaba consciente le sobreviviríamos, no dejáramos de confirmarlo, “el canto (el poema) siempre estará por encima de la escritura”.

En cierta ocasión dijo: “Alguna vez escribiré con piedras/ midiendo cada una de mis frases/ por su peso, volumen, movimiento/ Estoy cansado de palabras.”(Escritura)

Un poema que por sí mismo bastaría para catapultarlo a las cimas de la poesía universal y que en su momento dedicó al padre de Maqroll el Gaviero titulado con el elegíaco titulo “Adiós al silgo XX”  es una odisea escritural de insondables resonancias históricas. Un epitafio finisecular me gustaría denominarlo.

Quienes milagrosamente logramos sobrevivirle a Montejo y testificar la transición de la pasada centuria y bebimos, insaciables, de las fuentes de Marx y Freud, Mondriàn y Mao; quienes venimos de regreso del desvanecimiento de los grandes metarelatos emancipatorios decimonónicos damos fe de la devoción que mostró el poeta por ser un hombre de su tiempo, un contemporáneo de sí mismo. Su amor infinito hacia el jazz y su terrible angustia por el inexorable “desarreglo de todos los sentidos” (Rimbaud). Preocupado por el abandono del ser  a la enfermedad del insomnio, esa psicopatología del espìritu que todo lo zapa y corroe hasta volverlo fútil y anodino. Quienes se internen en el bosque de sus arboladuras metafóricas podrán corroborar que la noche es un leit motiv de su Obra poética.

Puede decirse, sin temor a equivocarse, que Eugenio Montejo hizo del poema un perfecto recurso filial de la Historia como esfuerzo historiográfico por captar la esencia del devenir del espìritu humano. En un poema memorable, toda su Obra poética acaso es una interminable oda a Mnemosine, nos dice el bardo:

“Cada cuerpo con su deseo

Y el mar al frente.

Cada lecho con su naufragio

Y los barcos al horizonte.

Estoy cantando la vieja canción

Que no tiene palabras.”(Canción)

El amor, la locura, la muerte, el olvido. Dios, el desamparo, la certeza fatua del hombre y su idolatría a los fetiches ideológicos, la convicción vana de no ser otra cosa distinta de “un ser para la muerte” heideggerianamente hablando; marca toda la poesía de este gigante de la lírica hispanoamericana y en lengua castellana. La música, la pintura, la creación estética en general están en el centro de su Obra como un testimonio vivo de la insoslayable preocupación del hombre por resguardar la belleza simbólica del mundo y el espacio sìgnico que corresponde a sus hacedores.

William Shakespeare dijo una vez, refiriéndose a la muerte: “Nadie ha regresado de aquél ignoto país trayendo noticias del màs allá”, y nuestro inmenso poeta Eugenio Montejo supo decirlo de un modo insuperable: “Nadie, nadie sabrá nunca leer sus propios epitafios”. (Cementerio de Vaugirard)

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En la muerte de Eugenio Montejo

  • Jun 6, 2008
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¡Hasta pronto Poeta Montejo!

Eugenio Montejo
Eugenio Montejo

Rafael Rattia

“el mes de junio se extendiò de repente en el tiempo con seriedad y exactitud como un caballo y en el relàmpago crucè la orilla.”

Pablo Neruda. “En el corazòn de un poeta”

 

No por ser demasiado obvio hay que dejar de subrayarlo: la muerte no està ahì para escribir sobre ella. Como dijo Heidegger: “La muerte se refugia en lo enigmàtico”.  La reciente “mala nueva” que nos trajo este comienzo de Junio sobre la muerte del poeta Eugenio Montejo representa un fulminante hachazo en el alma de la poesìa universal y especialmente de la poesìa hispanoamericana. Cuando muere un poeta, genuino, autèntico, original; en fin, un POETA, de la estatura intelectual y la dimensiòn ètica y estètica de Eugenio Montejo, algo esencial de la estructura moral y anìmica de una naciòn se resquebraja; una pieza del complejo mecanismo psìquico-emocional que conforma el “espìritu del pueblo” se rompe definitivamente y, con ella se pierde para siempre todo un mundo de libros leìdos que ya nunca jamàs llegaràn a nosotros, tristes sobrevivientes del poeta, en la eufonìa de la irremplazable voz del bardo con sus cadencias singulares, entonaciones ùnicas e irrepetibles. No descendiò a las simas abyectas de la adulancia genuflexa a hacer concesiones a la vocinglerìa propagandìstica de fatuos fuegos redentores falsamente emancipatorios.

Cuando màs falta hace la voz lùcida y valiente del poeta en tiempos de borrasca societal; cuando, en medio del fragor de voces aceradas por la diatriba ìnsita a la vindicta pùblica y de los antagonismos consubstanciales al debate propio de la polis y su àgora que pugnan por sostener la coherencia y el tono morigerado de la palabra en medio del ruido estridente y ensordecedor de las consignas vacuas de la revoluciòn que exhortan al fratricidio cìvico y a la exterminaciòn recìproca, viene el poeta y se marcha dejàndonos ìngrimos, a la intemperie y en el desamparo de la necesaria voz cantante y magisterial que por años (dècadas) ejerciò impecable y sin màcula. Nunca sabremos asimilar la oquedad ni la pèrdida de una de nuestras voces tutelares que supieron llevar, con pasmosa dignidad, el testigo de la poesìa hispanoamericana hasta cotas de excelencia supremamente insuperables. Requiescat in pace Poeta.

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¡La revoluciòn contra el libro en Venezuela!

  • May 31, 2008
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La revoluciòn àgrafa

Rafael Rattia

 

“Yo te conozco Robalo por el camino que vas…” dice la canciòn que todos tarareàbamos con inaudito jùbilo patriota en la escuela escuàlida y cuartarepublicana. Para decirlo màs enfàticamente; durante las denostadas dècadas del endemoniado puntofijismo adeco-copeyano el venezolano demostraba ser màs nacionalista y celoso garante cuidador de su integridad identitaria que en este anèmico y pusilànime tiempo de caricaturesca “revoluciòn” bolivarera ataviada de fatuas y farsescas orlas “bolivarianas”; las comillas son de hierro, como de hierro es esta “edad de hierro” revolucionaria chavo-castrista. ¿Què dirìa Hesìodo, el autor de la inmortal obra “Los trabajos y los dìas” y de la celebèrrima divisiòn de la historia en edades?

Con inocultable estupor el paìs asiste por estos dìas a la concreciòn jurìdico-polìtico institucional de un indetenible proceso ralentizado de vaciamiento de sus contenidos estèticos, artìsticos y culturales por la vìa de una especie de autobloqueo endògeno de sus posibilidades de desarrollo espiritual. El Decreto con fuerza, valor y rango de Ley emitido por el Ministerio de Industrias Ligeras y Comercio (MILCO) dirigido a declarar el libro importado como Producto no imprescindible por su naturaleza no-nacional y al cual se le colocan trabas y obstàculos inauditos jamàs conocidos en el devenir de nuestra historia republicana desde la apariciòn de la impenta en Venezuela, testimonia una vocaciòn indubitablemente àgrafa que se enmarca de modo inequìvoco en anacrònicos conceptos obsidionales, aislados de la corriente incesante de la cultura universal. Obviamente, cerrar las posibilidades de ingreso del libro extranjero, ¿acaso el libro no es por definiciòn extranjero? Todo libro que merezca autènticamente ser catalogado de tal es, por su intrìnseca naturaleza, apàtrida. El buen libro no conoce fronteras geogràficas y, desde luego, las ideas tampoco, ni las metàforas por antonomasia las ùltimas ìnsulas del espìritu libre y no dogmàtico, aunque el poder se afane con espeluznante denuedo en colocarles asfixiantes alcabalas que pretendan hacerles inviables su natural circulaciòn democràtica.

Quienes se empecinan, obsecuentemente, en quedarse en el ùltimo vagòn del tren de la historia arguyendo teorìas y principios hace dècadas demolidos por el trapiche del devenir històrico, no advierten que, con Augusto Monterroso: “Cuando despierten… el dinosaurio todavìa estarà ahì”. 

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Hèctor Torres, narrador

  • May 26, 2008
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Tras “La huella del Bisonte”

Rafael Rattia


"La novela carece de reglas. La novela es por excelencia el último bastión de la libertad creativa del individuo. La novela es el territorio de la fantasía, el trasunto imposible de la realidad, el big bang del pensamiento libre y el instrumento con el que el mundo se reinventa una y otra vez. Pura catarsis, puro caos, pura pasión." (Fernando Royuela)


Casi 250 pàginas  de prodigioso y titànico esfuerzo narrativo que se te meten por los ojos y no te abandonan hasta que la novela “termina”; obviamente, es un decir, porque a decir verdad se trata de una aventura interminable del espìritu. “Karla”, “Mario”, “Gabriela” y “La huella del bisonte”  conforman el tetràlogo propuesto por su autor, Hèctor Torres, escritor de aquilatada y densa prosa narrativa que se incorpora al minùsculo y aristocràtico coro de las voces novelìsticas de la ùltima generaciòn literaria venezolana con una madurez discursiva digna de los mejores encomios por parte de la crìtica.

El autor de “La huella del bisonte” se erige con esta novela en artìfice de un universo psicològico de hondas resonancias intimistas y explora, con inusual maestrìa narrativa, esas zonas vìrgenes, pulsiones bio-psìquicas que inexorablemente emergen a la superficie vital de la màs rica y compleja etapa de un ser humano; la acadia adolescente, muy escasamente abordadas por nuestra narrativa venezolana de la ùltima centuria.

“Karla”, personaje fundamental que el autor invenciona con nìtidos perfiles psico-somàticos, descubre su sexualidad al frente del manubrio de su bicicleta una mañana al fragor de unos impulsos sùbitos y desconocidos mientras se dirigìa al abasto en procura de unas frutas que le habìa encargado su madre. Como todo lo crucial en la vida, adviene y se manifiesta de modo inesperado haciendo caso omiso a las leyes de la predictibilidad. La poderosa capacidad descriptiva que exhibe el autor en los pròdromos de esta novela se pone a prueba merced a unos raros dispositivos narrativos en los cuales el escritor desdobla, desde la psique de su personaje, al actante convirtièndolo en proyecciones de personajes provenientes de la faràndula nacional, verbigracia, Karla se metamorfosea en Madonna, o en Catherine Fullop, en Gigi Zanchetta o en Rudy Rodrìguez. Un asombroso dominio de las imàgenes narrativas se van sucediendo en el curso de las pàginas de esta novela y, por momentos, el lector tiende a olvidar que està leyendo, pues de estas memorables pàginas surgen escenas màs cinematogràficas que novelescas. Permìtaseme decirlo de esta manera: es como si el escritor a travès de cada pàrrafo, de cada pàgina, nos proyectara trozos de vida intensa y palpitante en todo su esplendor y, naturalemente, en toda su cabal aura mediòcritas tambièn, juntamente, sin desmedro de una a favor de la otra.

El arte masturbatorio de Karla alcanza en la prosa novelesca de Hèctor Torres cotas de magnificencia  y excelsitudes tan extrañas que no le encuentro parangòn estètico-literario en el panorama narrativo de las ùltimas dos dècadas.

Caracas es un leit motiv que perdiò su amabilidad, dice el narrador. Mario, un gris libretista de televisiòn, novelista fallido, con un traumàtico divorcio a cuestas, cuya vida no pasa de ser un terrible y doloroso eufemismo que se desgasta en el triàngulo agobiante del Bar, la Librerìa y la Discotienda; ah, lo olvidaba; una visita mensual a su madre insomne e hipocondrìaca. La portentosa imaginaciòn del narrador idea el personaje de Mario como perfecta coartada psicològica para acercarse al deterioro de las relaciones dialògicas-comunicativas entre su madre y èl. La cotidianidad, esa viscosa materia que todo lo envilece y degrada en la vida vertiginosa de la urbe es puesta en entredicho por el novelista y sometida a càustica recusación moral por el novelista sin caer en falsas pontificaciones moralistas.

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¡La ùltima casamata del espìritu!

  • May 21, 2008
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Dicterios y Anatemas

 

Rafael Rattia

 

 

Nunca està demàs alertar, especialmente con el propòsito de distinguir “la paja” de las esencias. Normalmente la masa multitudinaria siempre arguye no tener tiempo para ello.

Veamos: La parlanchinería populista y populachera, el lenguaje de la turba que habla desde un imprensible nosotros, el discurso estridente oficialista no tiene absolutamente nada que ver con la serena argumentación lògico-racional de la idea coherente y bien sustentada.

La bravuconería y la enardecida violencia semántica que expelen las fauces del poder constituido, celosamente atareado en defender su cada vez màs deslegitimada propuesta de redención social, està colocada en las antípodas de la utópica y decimonónica aspiración del sujeto político que desea la reconciliación ética y social consigo mismo y con sus semejantes.

Los antiguos sofistas como Proota oras valoraban particularmente la coherencia lógica del discurso y su validación con la correspondiente práctica individual que la corroboraba o no. Igualmente los sofistas, quienes se destacaban entre otras virtudes por su impecable dominio de la oratoria, cuidaban con escrupuloso esmero en garantizar la perfecta Inter.-relación entre las sucesivas partes que integraban un discurso. La reputación del sofista nos viene dada entre otras cualidades por la convincente elocuencia que mostraban y demostraban en sus cívicas diatribas públicas que, dicho sea de paso, eran verdaderas lecciones pedagógicas para sus “conciudadanos”. En Venezuela, por el contrario, se ha instaurado un arte del denuesto, una estética verbal de la descalificación de la diferencia (Derriba). En la ultima década de nuestro devenir histórico republicano, el dicterio y el anatema lanzado implacablemente contra el interlocutor sustituyo el cordial clima dialogizo comunicativo (Haberlas) que dos sujetos con cosmovisiones distintas deben resguardar en aras de confrontar sus antagónicas perspectivas ideo-políticas sin, literalmente, tener que llegar a comerse el hígado mutuamente por una disensión.

Desde la “revolución agrícola” hasta este remedo cantinflèrico de “revolución” autodenominada bolivariana, el disenso se ha llevado la peor parte. No se puede pensar de modo heterodoxo sin exponerse a ser flagelado en la plaza Bolívar y sometido al escarnio y al vituperio por parte la logocracia sectaria bolivarera y echado a merced de la turba sedienta de plasma “enemiga”. Kim Il Sung, Idi Amin y Pol Pot entre nosotros. Por supuesto, todo ello con la anuencia de “poetas”, “ensayistas”, “narradores” y “bibliotecòlogos” que hoy por hoy desempeñan el abominable papel que en su aciaga hora jugó Josè Gil Fortoul, Laureano Vallenilla Lanz y otros apologetas del rancio cesarismo democrático redivivo.

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¡Bogando!

  • May 16, 2008
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Bogando aguas arriba 
surco tus aguas
enigmàticas y me extravìo
en ellas
cual Albatros ciego
abandonado y feliz
a los temblores
de tu selva hùmeda
y duermo y despierto
en tì calmo y vehemente
como un resucitado
una vez y otra...
infatigablemente por los 
siglos de los siglos

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¡La pusilanimidad del poeta genuflexo!

  • May 14, 2008
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Poesía, chavismo y revolución

 

Rafael Rattia

 

Una década no es nada comparada con la intrínseca vocación milenarista que distingue a los “grandes metarelatos” redentores que reivindican para sí en exclusiva la paternidad de las desteñidas y anémicas banderas del emancipacionismo compulsivo. En diez años de revolución bolivariana la ardiente metáfora irredenta que prometió edificar aquí abajo en la “Tierra de Gracia” la Ciudad cultural dorada, emancipada del oprobioso yugo del sectarismo excluyente que destila el chavismo cultural militarista, aun no termina de bocetear los rasgos distintivos que deben caracterizar a los poetas genuinos, legítimos, auténticos; valga decir, los bardos revolucionarios-bolivarianos, para diferenciarlos de aquellos que “traicionaron” el inmaculado e impoluto ideal de la redención de la especie humana.

La disyunción del sujeto lírico en Venezuela, dictada por el logocentrismo partidocràtico unidimensioanlizante, del culto irracional a la personalidad de nuestro Kim Il Sung vernàculo, ha fijado una frontera infranqueable que apenas “dialoga” en un lenguaje impregnado de anatemas, invectivas y delirantes adjetivos descalificativos contra toda aquella voz disonante que le haga “ruido” al silente coro de las voces estéticas apologéticas que festivalean en exegèticos Encuentros Internacionales que culminan en previsibles Manifiestos Intelectuales contra el denostado y sempiterno imperialismo yanqui causante, incluso, de la sequìa metafórica que exhiben los representantes de las voces mayores de la lírica oficial estatocràtica-bolivaresca.

Una de las coartadas màs socorridas que esgrime la vanguardia iluminada del chavismo cultural para justificar su reprochable sectarismo dogmàtico excluyente es que “todo discurso metalingüístico debe estar al servicio de la revolución bolivariana”. Si el poema no es decididamente antiimperialista y antiescuàlido; no cabe duda, la poesía le hace el juego a las fuerzas culturales del oscurantismo medieval o a las pulsiones del realismo retrógrado neocolonialista. A este maniqueísmo ramplón y pedestre también se le conoce con el menos popular nombre de “pensamiento obsidional”. No entendemos, quienes nos reclamamos legionarios del librepensamiento y de las corrientes estético-epistemológicas libertarias, por qué en la tenebrosa década del sesenta era válido utilizar el término “gorilobetancourismo” y, en cambio; en esta aciaga y desconcertante  hora que vive el país  no tenga pertinencia de legalidad semántica la viable categoría militarista uniformizante del “gorilochavismo”.

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¡La pusilanimidad del poeta genuflexo!

  • May 14, 2008
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Poesía, chavismo y revolución

 

Rafael Rattia

 

Una década no es nada comparada con la intrínseca vocación milenarista que distingue a los “grandes metarelatos” redentores que reivindican para sí en exclusiva la paternidad de las desteñidas y anémicas banderas del emancipacionismo compulsivo. En diez años de revolución bolivariana la ardiente metáfora irredenta que prometió edificar aquí abajo en la “Tierra de Gracia” la Ciudad cultural dorada, emancipada del oprobioso yugo del sectarismo excluyente que destila el chavismo cultural militarista, aun no termina de bocetear los rasgos distintivos que deben caracterizar a los poetas genuinos, legítimos, auténticos; valga decir, los bardos revolucionarios-bolivarianos, para diferenciarlos de aquellos que “traicionaron” el inmaculado e impoluto ideal de la redención de la especie humana.

La disyunción del sujeto lírico en Venezuela, dictada por el logocentrismo partidocràtico unidimensioanlizante, del culto irracional a la personalidad de nuestro Kim Il Sung vernàculo, ha fijado una frontera infranqueable que apenas “dialoga” en un lenguaje impregnado de anatemas, invectivas y delirantes adjetivos descalificativos contra toda aquella voz disonante que le haga “ruido” al silente coro de las voces estéticas apologéticas que festivalean en exegèticos Encuentros Internacionales que culminan en previsibles Manifiestos Intelectuales contra el denostado y sempiterno imperialismo yanqui causante, incluso, de la sequìa metafórica que exhiben los representantes de las voces mayores de la lírica oficial estatocràtica-bolivaresca.

Una de las coartadas màs socorridas que esgrime la vanguardia iluminada del chavismo cultural para justificar su reprochable sectarismo dogmàtico excluyente es que “todo discurso metalingüístico debe estar al servicio de la revolución bolivariana”. Si el poema no es decididamente antiimperialista y antiescuàlido; no cabe duda, la poesía le hace el juego a las fuerzas culturales del oscurantismo medieval o a las pulsiones del realismo retrógrado neocolonialista. A este maniqueísmo ramplón y pedestre también se le conoce con el menos popular nombre de “pensamiento obsidional”. No entendemos, quienes nos reclamamos legionarios del librepensamiento y de las corrientes estético-epistemológicas libertarias, por qué en la tenebrosa década del sesenta era válido utilizar el término “gorilobetancourismo” y, en cambio; en esta aciaga y desconcertante  hora que vive el país  no tenga pertinencia de legalidad semántica la viable categoría militarista uniformizante del “gorilochavismo”.

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